Somos peregrinos en esta Tierra que nos ha regalado el Señor. Como un gran campo de amapolas y nosotros los encargados de cuidarlas, sabiendo que no son para nosotros. Sabiendo que las flores preciosas que cuidemos son para Alguien. Cuanto mejor las cuidemos, mejor será nuestra recompensa en los Cielos.

El que nos ha dejado el cuidado de estas flores, espera de nosotros un gran compromiso, una actitud que llegue al nivel de lo que somos: trabajadores en Su viña. Y como trabajamos en el cuidado del gran regalo que nos ha hecho Dios, nuestra labor es trabajar como dignos hijos Suyos.

No es válido ser mediocres en una labor tan delicada, tan importante. No sería justa nuestra postura viendo todo lo que nos ha sido regalado.

Debemos (porque al igual que tenemos derechos, también tenemos deberes) tener un ánimo grande. Y esto es lo que se llama la magnanimidad, que debe ser el espíritu de toda persona. Es aquel que se propone lo que realmente puede hacer, pero con ambición, aspirando a lo mejor. Apuntando un poco más alto de lo que podemos llegar cómodamente. Porque somos capaces de mucho, somos capaces de dejar huella. ¡Demostrar lo que valemos! Esta postura es la contraria a la megalomanía, que son los soñadores sin fundamentos, y que solo buscan engrandecerse a sí mismos. Los que trabajan sin la ilusión por hacer las cosas bien hechas, sin ver detrás de un buen trabajo a Dios, a la belleza máxima.

Si nos fijamos en el Jardín del Edén, el gran paraíso que nos regaló Dios y que el hombre ensució con el pecado original, podríamos relacionarlo con la sociedad actual. La tierra que tenemos a nuestro alcance, llena de posibilidades y tan perfecta, pero que el ser humano no es capaz de actuar de una manera digna.

Todo esto que tenemos a nuestro alcance, que Dios nos deja en nuestras manos, podemos restaurarlo y convertirlo en un lugar mejor. Esto se hace con el trabajo, con el esfuerzo, exprimiendo nuestros dones y capacidades.

Trabajar con este ánimo nos lleva a la santidad, la meta de todo cristiano. Si tenemos una ocasión diaria de santificar nuestra vida con el trabajo, ¿por qué no hacerlo?

A día de hoy, con tantas horas que dedicamos al día al trabajo, utilicemoslo como una herramienta para evangelizar: con nuestro ejemplo, con alegría, hablando de Cristo.

Por sus obras los conoceréis. Mateo 7, 20

El mundo está cansado de tantas charlas y conferencias; lo que pide son obras pequeñas de amor al prójimo. ¿Cómo te sentirías si al final de tu vida te presentaras a Cristo con las manos vacías?

Beatriz Azañedo

Publica desde marzo de 2019

Soy estudiante de humanidades y periodismo. Me gusta mucho el arte, la naturaleza y la filosofía, donde tenemos la libertad de ser nosotros mismos. Procuro tener a Jesús en mi día a día y transmitírselo a los demás. Disfruto de la buena compañía.