Ante la necesidad de saber para qué hemos sido creados surgen muchas posibles respuestas: creados para amar, para ser felices, para disfrutar… Si unimos todas estas cosas nos damos cuenta de que, en último término, estamos hechos para contemplar, y que en ello se encuentran todas las otras cosas.

Debemos entender la contemplación no como una inactividad, no como algo de la vida religiosa, no como una meditación zen sin sentido, sino como un estado del alma que consiste en amar, en asombrarse, en razonar y dejarse sorprender por todo aquello en el mundo que es reflejo de la eternidad. Contemplando disfrutamos del ser de las cosas, sin someterlo ni poseerlo, solo participando de su belleza.

Al decir que nacemos para contemplar partimos, en primer lugar, de aquello que dice Aristóteles acerca de que “es propio del hombre querer conocerlo todo” y para ello es necesaria la contemplación de lo que se intenta conocer. En segundo lugar, por la contemplación el alma es capaz de salir de sí misma y, sintiéndose participe de la creación, buscar a su Creador. Por último, el hombre está hecho para contemplar porque en ello va a encontrar la felicidad, pues ya en los salmos se nos dice:

Gustad y ved qué bueno es el Señor. Salmo 33

La creación es un regalo, fruto del amor de Dios, y en ella se produce la encarnación de sus misterios. Lo Bueno, lo Bello y la Verdad se desvelan en la Creación, pero no completamente, solo como intuición, com aproximación a lo que significan en su totalidad. Por ello, el asombro ante lo bello supone el despertar del entendimiento humano, más que cualquier acto de la voluntad, e intenta comprender todo, a pesar de ser nuestra razón de naturaleza limitada.

El hombre, cuanto más contempla y más se asombra, más capaz es de meditar sobre el infinito ante el que se encuentra y poco a poco es conducido a la Verdad de Dios. Pues es frente a la belleza donde uno siente en su alma cómo las cosas tienen un significado verdadero y real.

El alma goza en la contemplación del misterio de lo bello: uno se alegra en la cima de una montaña, al ver sonreír a un niño, al estudiar las leyes de la física reflejo del orden divino, al reír junto con los amigos, al leer buena literatura, al estar junto a la persona amada, etc.

La contemplación nos permite ser partícipes de la creación de Dios, como humanos, como artistas, cuestionamos la realidad, y vemos en la eternidad hecha carne el camino para conocer la razón última de todas las cosas, para llegar a Él.

Comprendemos así que la creación se nos muestra como anticipo de ver a Dios, que está en la belleza hecha carne que en tanto que muestra esconde y prepara el corazón humano para la contemplación eterna de Sus misterios.

Mucho más podríamos decir acerca de todo esto, pero no voy a entretenerles más tiempo con esta lectura sino que prefiero acabar como Dante en la Divina Comedia cuando, después de haber atravesado el infierno, emprende el camino al cielo:

Entramos al camino tenebroso, para volver a ver el claro mundo, y sin cuidarnos de ningún reposo, subimos, él primero y yo segundo, basta del cielo ver las cosas bellas, por un resquicio de perfil rotundo, a contemplar de nuevo las estrellas.

Dios nos hizo por amor, la naturaleza entera es signo de ese deseo suyo de colmarnos de bienes, y nuestra existencia debe consistir en contemplar, pues qué mayor felicidad puede haber que participar eternamente del Bien, la Belleza y la Verdad.

G. Belmonte

Publica desde junio de 2019

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De mayor quiero ser juglar, para contar historias, declamar poemas épicos, cantar en las plazas, vivir aventuras... Era broma, solo soy aspirante a directora de cine mientas estudio Humanidades y disfruto con todo aquello que me lleva Dios.