Acometer la empresa de describir con palabras la esencia de la música, que es posiblemente el lenguaje más sublime de todos, es algo de gran responsabilidad y prácticamente imposible. Hay que tener en cuenta que el mensaje musical no es traducible a otro lenguaje, ni siquiera a través de las palabras más cuidadosas o sofisticadas, pues se trata de un sistema de comunicación que apela directamente a nuestra más profunda interioridad, aquella a la que las palabras o la imagen no alcanzan a tocar por completo.

La música es una de las actividades más abstractas que el hombre es capaz de experimentar. En ella existe una relación evidente entre las leyes matemáticas del orden del universo y la sensibilidad estética universal. Es similar a la proporción áurea en la pintura o el cine, pero de un modo mucho más inmaterial y fascinante. El hombre goza en la armonía de la música, de la perfección de las leyes que la componen y a la vez es consciente de que cada una de las interpretaciones que se pueden hacer de una misma pieza es completamente única.

Todos hemos experimentado en algún momento la evidencia de que una obra de arte no es la materia en la que se sostiene; la belleza de un cuadro no son sus pigmentos, ni la de una escultura es el mármol, hay algo más. Cuando nuestra alma queda conmovida es a causa de algo inmaterial, con lo que establece un lazo personal y único. De hecho, en la música está claro que lo que escuchamos no es solo un archivo digital, golpes, viento, o ruidos aleatorios, sino que es algo bello.

Ante lo bello uno hace un camino personal, ante cualquier pieza musical, ya sea un réquiem o una canción pop, experimentamos que estamos solos frente a una pregunta. La música va directa al alma, de forma completamente personal. El hombre está solo frente al Lacrimosa de Mozart, es una experiencia que eleva el alma no solo por la alegría que puede producir lo agradable, sino por su capacidad de interpelarnos y de hacernos sentir vértigo ante lo sublime, lo eterno.

Muchos podrían pensar que la música solo es un desencadenante de sensaciones, una oda a las bajas pasiones y a los ritmos primarios, y que como mucho puede provocar una mejora de ánimo cuando se está de mal humor, pero eso es solo la superficie. En nuestro tiempo nadie escucha, porque nadie tiene nada que decir, ya que nadie cree que en algún momento pueda haber una percepción clara de la vida. Es universal la experiencia con la música, no es exclusivo de una élite, una edad o un sexo. La música es la comunicación de un mensaje de corazón a corazón, es una conversación capaz de decir grandes verdades sin palabras, sin imágenes, solo con el misterioso don de los sonidos.

Al ser una creación humana podríamos pensar que es fruto de nuestras capacidades, pero no lo es. Estamos sedientos de ese abrazo que nos da Dios a través de las obras de arte, de las que nos permite ser co-creadores. La Verdad se muestra intensamente, y atraviesa al propio artista, que se convierte en un artesano guiado por el Espíritu Santo. Gustave Mahler dijo ante su inmortal Sinfonía n.º 5

Tengo la sensación de estar componiendo al dictado. G. Mahler

Esa es la misión del artista, dejarse dictar por la intuición de la Verdad, ser partícipe de la capacidad creadora de Dios. Con el arte desaparecen los miedos, la verdad acontece, dando seguridad y fuerza.

Hay piezas que nos arrebatan del mundo, que nos hacen partícipes de algo inexplicable. Durante el tiempo en el que se extiende la música, nuestra alma se siente pequeña, frente a una inmensidad de deseos y grandeza que nos acogen como un refugio, anticipo de la eternidad. Es por ello que la música sacra nos ayuda a dirigirnos a Dios.

Escuchando la Pasión de San Mateo de Bach, la Tannhäuser de Wagner, una gran banda sonora, incluso un hit de hace menos de veinte años, el hombre puede vibrar por dentro. No solo ocurre esto si el autor hace una obra claramente para Dios, basta con que sea bella y siga intuitivamente el camino hacia lo bueno. Es la experiencia de que hay una obra que se corresponde con uno, que parece hecha y pensada para uno mismo. En ese momento la razón es penetrada por una luz que te mueve a dar las gracias a Dios por lo que se experimenta.
En nuestra época parece ser que la frase de San Agustín de

Quien canta ora dos veces. San Agustín

sirve solo para música tocada con guitarra frente al Santísimo y se ha perdido la conciencia de la importancia de la música sacra en relación con la liturgia. Nuestra capacidad para hacer música y disfrutala es un regalo que nos tiene que ayudar a orar y a alabar al Señor.
Existe una amplitud de géneros que conducen al recogimiento, no hay una distancia insalvable entre el canto gregoriano y las canciones populares.
Se sigue conponiendo música espiritual, autores como Henryk Górecki, Philip Glass, Arvo Pärt, etc.
Este último, siendo un hombre profundamente espiritual, explica que, en su música, él encuentra dos líneas claras: una que simboliza sus pecados y otra que expone el perdón a éstos, una melodía es más complicada y subjetiva y la otra es simple, clara y objetiva. Esto es ejemplo del diálogo del alma, de la sacralidad del arte.

La gracia de Dios actúa en la belleza, la Redención se experimente en esa conversación que pueden tener el corazón y la Verdad. De ahí la importancia de la música en la oración, de la invitación a la contemplación directa del alma con la música, sin que medie la vista sensible, solo el alma santificada por la Gracia, capaz de ver la Verdad.

G. Belmonte

Publica desde marzo de 2019

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De mayor quiero ser juglar, para contar historias, declamar poemas épicos, cantar en las plazas, vivir aventuras... Era broma, solo soy aspirante a directora de cine mientas estudio Humanidades y disfruto con todo aquello que me lleva Dios.