El cine es, como ya sabréis los que me conocéis, muy importante para mí. La grandeza de su belleza es inabarcable, y su capacidad para conmover el corazón humano, asombrosa.
El séptimo arte es un todavía muy joven, nacido directamente en una época laicista y posmoderna. Es un arte extraño e imperfecto, que no ha podido gozar de un contexto que le permita estar totalmente consagrado a Dios, como lo estuvieron durante la Edad Media la pintura, la música, la literatura, la arquitectura, etc.

A mi modo de ver, el cine es un regalo que la Providencia entrega a los hombres al final de los tiempos; el cine es la bala que quedaba en la recámara esperando a que el hombre exprimiera por completo el resto de las artes. La esperanza que arroja el cine sobre el corazón humano en la actualidad se podría interpretar con la frase de

Mira, hago nuevas todas las cosas Ap 21, 5

en el sentido de que rescata todas las artes y les da un rumbo nuevo. Estamos en una época que se nutre de la decadencia de ideologías pasadas, falsas y vacías. Es por ello que el arte actual está hundido en la desorientación, porque su función sin un Dios al que remitir ha quedado vacía. Ahora el arte ni siquiera es de corriente ilustrada, romántica o vanguardista, solo es expresión del narcisismo de una sociedad nihilista. Recomiendo la escena sobre la belleza en The Neon Demon.

Sin embargo, el cine es un milagro, es una revolución tecnológica y artística que permite al hombre posmoderno seguir creando clásicos. Frente a él, el hombre vuelve a ser un niño cautivado por el asombro de una nueva forma del arte de contar las historias. Todo renace; narrar, actuar, pintar, componer, pensar, disfrutar, sentir, entender… entrenar el corazón a una nueva forma de contemplación de la Verdad.

Una de las cosas más admirables del cine es la fragilidad que tiene, la línea sobre la que se mueve, capaz de hacer mucho bien o mucho mal. Quizás muchos asocian el cine con lo emocional de manera despectiva, resaltando lo sentimental barato, las bajas pasiones, el consumo inmediato y lo miran como un arte que corrompe más de lo que conmueve.

Sin duda alguna, como cuenta J. M. Caparrós, la fuerza transformadora es una espada de doble filo, pero ya que el ser humano vive a merced de sensaciones y afectos en este mucho más que en otro tiempo y es insensible ante la razón y belleza clásica, el cine es el arte adecuado para nuestro tiempo.

Contaba historias que, de verdaderas, al contarlas se volvían inventadas, y de inventadas, verdaderas. El barón rampante (1957), Italo Calvino

Es la unión perfecta de los avances técnicos y artísticos, es reflejo de la verdad en la ficción, del entretenimiento unido a las grandes cuestiones. En la misma época de los misiles nucleares, futurismo y arte abstracto el cine salva la estética clásica, buscando lo proporcional, íntegro y claro. 

El séptimo arte es la prueba de que aún hay bondad del corazón del hombre, de cómo la necesidad de transmitir la Belleza y la Verdad resurge de las cenizas de una civilización en decadencia. Incluso sin pretenderlo, los grandes directores han renovado la épica (Master and Commander, The Lord of the Rings), la música (West side Story, Sound of music), la historia (Danton, Gladiator), las grandes preguntas filosóficas (Matrix, El séptimo sello), los deseos (Moulin Rouge), y los sueños (Cinema Paradiso).

Las grandes películas tratan sobre la esperanza, la familia, el amor, el perdón: It’s a wonderful life, Citizen Kane, El festín de Babette, The Straight story,  The third man, It Happened One Night, Blade Runner, La vita è bella Todas estas películas son la prueba de que la Belleza no ha muerto, de que aunque nos obliguen a llamar “arte” a lo inerte y grotesco, aunque ya nadie abra un libro, aunque nadie disfrute las óperas y los museos guarden cuadros como muertos en los nichos, el cine es capaz de llegar a todos los corazones.

Más fascinante aún es el hecho de que producir una obra cinematográfica implica la colaboración de un gran número de personas, cada una volcada en toda su aportación al servicio de la idea que se quiere transmitir. Salvando las distancias, es como la construcción de una catedral, donde todo está cuidadosamente pensado para dirigir al fiel a un encuentro personal con Dios. En el cine hasta el más mínimo detalle busca revelar al espectador lo que quiere transmitirse. El diálogo, la música y la luz cuentan la misma historia de maneras distintas y complementarias. Se produce una conexión personal entre el artista, pensador de la Verdad que quiere transmitir, y el espectador que la contempla.

El buen cine es aquel que busca descubrirle al hombre los grandes ideales.  Por ello, desearía hacer una mención especial a John Ford, el gran cineasta de la redención, a quien nada de lo humano le es ajeno (How Green Was My Valley, The Quiet Man, The Searchers, etc.). Su cine es un claro ejemplo de belleza y bondad. Llena sus historias de personajes con los que nos podemos identificar fácilmente, y dejan en evidencia que el mal nunca atrae, mientras que por el Bien sentimos una admiración inconfundible. 

G. Belmonte

Publica desde junio de 2019

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De mayor quiero ser juglar, para contar historias, declamar poemas épicos, cantar en las plazas, vivir aventuras... Era broma, solo soy aspirante a directora de cine mientas estudio Humanidades y disfruto con todo aquello que me lleva Dios.